Punto y como

¿A qué sabe la música?


Nulla vita sine musica (no hay vida sin música) dice un aforismo atribuido a Nietzsche, y sin comida tampoco. Dos necesidades de diferente orden para el ser humano, pero más interconectadas de lo que creemos.


Culturalmente, así como sucede con la alimentación, es indiscutible el papel de la música en la conformación de identidades, en la definición cultural de pueblos enteros y en la historia individual de cada persona. La banda sonora personal habla no sólo de las trayectorias, sino de las definiciones de quién eres, dada en muchas ocasiones por las preferencias, tal como sucede con la historia alimentaria personal. En este contexto, el poder de la música así como el de las preferencias alimentarias se ha estudiado no sólo por las preferencias, sino también por sus contenidos. Numerosos especialistas se han dedicado a estudiar las influencias, la evolución, pero también los contenidos de las manifestaciones musicales. Y siendo la comida un poderoso marcador identitario, cuando en la música aparece la relación con la comida, se manifiestan diversas características de una sociedad. El contenido de la lírica en relación con la comida habla muchas veces de condiciones tácitas. Por ejemplo, en el verso “A comer pancita, con los agachados”, de la famosa canción de Tintán, podemos darnos cuenta no sólo de una realidad de estratificación social en la sociedad mexicana de una época, sino también de los usos de la comida a partir de ésta. “Quise hallar el olvido al estilo Jalisco, pero aquellos mariachis y aquel tequila me hicieron llorar” engendra no sólo los símbolos nacionalistas del mariachi o del tequila, sino también usos y percepciones alrededor de éstos. Muestra una idiosincrasia en la que llorar está permitido para los hombres sólo con la ayuda del alcohol, en un contexto social determinado por la cantina. La cantina no es, pues, sólo un lugar de bebida, toma significados incluso emocionales alrededor de sus usos. Todos estos elementos han sido analizados por folkloristas a partir de la música popular de cada país.



Cada letra que involucra comida contiene dimensiones yuxtapuestas sobre lo que significa comer y beber para una sociedad en un momento dado. Sin embargo, hoy es una realidad también que sus efectos sobre nuestros mecanismos neuronales a la hora de comer son reales. Se ha descubierto que la música ambiental que se escucha mientras se come no sólo está relacionada con la cantidad de comida que se come, sino con las sensaciones de placer y satisfacción que puede dar esa comida a los comensales. Del mismo modo, las asociaciones culturales entre comidas y sus orígenes juegan en la percepción de las personas, evidentemente asociando la autenticidad de esa comida a algo más fidedigno, si es que están escuchando música. De esta manera, es más probable que un tequila sea mejor percibido cuando se toma con música regional mexicana, pero sólo por aquellas personas que crecieron con este referente. Lo mismo pasaría con una pasta italiana escuchando O Sole Mio o con una comida de India escuchando música de sitar. El reto es que estas mejorías en la percepción sólo funcionan con las personas que identifican el origen de la música. De la misma manera, se ha probado el efecto de música placentera a la hora de comer en pacientes con enfermedades mentales que provocan falta de apetito, como la depresión.


Existe evidencia incipiente sobre el efecto de ciertos tipos de música para influenciar la mejor toma de decisiones saludables con respecto a la comida. La influencia de la música y su relación con la comida tienen muchas aplicaciones prácticas a explorar en la búsqueda del bienestar.

Twitter: @Lillie_ML

Publicado originalmente en El Economista

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Liliana Martínez Lomelí