Punto y como

Cegados por la arrogancia de la no ignorancia

Dentro de las prácticas estigmatizantes de la obesidad, existe una que hasta la fecha es controvertida por las partes que involucra y, a la vez, llama la atención por la frecuencia en la que se presenta y los efectos que tiene en el paciente y la población. A veces, las estrategias de comunicación de todas las posibles consecuencias de ser obeso no resultan las adecuadas por parte de los profesionales de la salud. Y es que, en un contexto en el que el rechazo a la condición de ser obeso toma tintes de inmoralidad, resulta a veces difícil desproveer de la práctica profesional los propios imaginarios y actitudes personales, que tienen que ver con la condición de ser obeso.


Ejemplos de estas prácticas se pueden observar tanto en la consulta uno a uno, como en las formas de comunicación de algunos expertos en el tema en foros públicos. Y esto ha sido demostrado científicamente en estudios en los que se mide la culpa y la vergüenza que han sentido los pacientes al acudir con un profesional de la salud, principalmente a causa de su peso, sus prácticas de higiene o de sexualidad. Existe una línea muy delgada entre advertir los riesgos de una condición a un paciente y comunicar estos riesgos de forma que el paciente se sienta avergonzado de sí mismo. Cuando el paciente se siente culpable y avergonzado, es menos probable que siga un tratamiento. La mejor forma de comunicar estos riesgos, según los estudios, es enfocándose en las prácticas y no en el hecho de condenar al paciente por tener sobrepeso u obesidad.


Sin embargo, estas prácticas han traspasado la consulta y son observables también en una arena más pública. En redes sociales circulan memes, por ejemplo, acerca de “lo que callamos los nutriólogos” o “lo que callamos los médicos”, que en muchas ocasiones hacen mofa de la ignorancia de los pacientes en la consulta. Frases como: “Un paciente me dijo: ‘Estoy usando faja para bajar de peso más rápido’”, “Cuando hago ejercicio, sudo mucha grasa” junto a un emoticón de una cara en plena carcajada son ejemplos de este tipo de memes. ¿Es el hecho de haber elegido una actividad profesional que está en contacto constante con este tipo de casos el que da la “licencia para burlarse”? ¿El tener un saber especializado sobre un tema nos hace sentir mejores sobre las personas que no tienen ese conocimiento? Saber entonces no se convierte en una herramienta para mejorar el entorno, sino en un medio para distinguirse de entre los demás “ignorantes”. No podemos culpar a quienes no tienen un saber especializado en un tema de alimentación, que cada vez se antoja más complejo. Entre todos los saberes e informaciones sobre el tema que se producen día con día, para un especialista es difícil mantenerse actualizado, ¿por qué esperaríamos que los no especialistas conocieran todos los matices?


La educación en nutrición y alimentación para la población resulta primordial entonces para tener mejores resultados que el hecho de culpar y estigmatizar. Pero ¿cómo promover políticas de alimentación efectivas, cuando algunos de los especialistas consultados, por tener un saber específico y especializante en un área de la alimentación, no reconocen que el fenómeno necesita del trabajo en colaboración transdisciplinar?


Se necesitarían más de tres vidas para volverse un especialista en toda el área. Lo que sí podemos empezar a hacer es cuestionar nuestros propios prejuicios que nos hacen olvidar que quien tiene sobrepeso u obesidad es una persona; seguir el ejemplo de profesionales de la salud con trato humano y, por otro lado, mantener un espíritu abierto a la producción de conocimiento transdisciplinar, pues ya lo decía Sócrates: “Yo sólo sé que no sé nada”, y yo, yo sólo sé que no he cenado.


Publicado originalmente en El Economista


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Liliana Martínez Lomelí