Punto y como

Hablar de la “gordura”

Pasar media hora en un probador de una tienda de ropa puede resultar una experiencia reveladora: “El pantalón blanco no, porque me veo gorda”, “es que mira mis muslos, son enormes”, “¿se me bota la panza?”, “no me queda la talla 28, soy oficialmente una gorda”. Lo que se escucha ahí dentro es digno de estudios sociológicos (y lo ha sido) en los últimos tiempos. ¿Cuáles son los efectos de la autocrítica pública negativa hacia la imagen corporal y hacia lo que comemos?


Estamos expuestos diariamente a una miríada de informaciones que nos alertan sobre los problemas y posibles consecuencias de tener obesidad. Sin embargo, el discurso del combate a la obesidad que acapara el reflector deja de lado algunos otros problemas derivados de la glorificación de la delgadez, que no son menos nocivos para el bienestar emocional y físico de las personas.


En 1994, después de haber observado la forma en la que las adolescentes hablaban entre ellas de sus cuerpos, investigadores acuñaron el término en inglés que se conoce como fat talk para designar todos aquellos discursos que desvalorizan, critican negativamente y ridiculizan la imagen corporal o lo que se come, asociándolo con la condición de ser “gordo”. Y es que en muchas culturas, a las mujeres en lugar de empoderarlas para ver más allá de la imagen corporal, se les enseña que hay que tratar de “disimular las pequeñas imperfecciones”, “meter la panza”, “pararse derechas”. La imagen corporal es una forma de presentarse al mundo y en cierta manera, forma parte de su capital. En estudios recientes, se ha visto que la fat talk, aunque es instrumentalizada en una gran mayoría por mujeres, también se presenta en los hombres. Se encuentran discursos en los que los hombres autoproclaman algún tipo de “culpa” por comer alimentos que se consideran “gordos”. Más allá de si esta culpa es falsa o no, el punto es que este discurso permea como una forma de “quedar bien” a los ojos de los demás, porque dicho de otra forma: El que yo coma este alimento con alto contenido calórico no quiere decir que yo no sepa que me hace engordar, pero el mencionarlo me hace sentir menos “gordo” que los “gordos” ignorantes. Y ser obeso hoy en algunos contextos sociales es casi el equivalente a ser negro en el sur de Estados Unidos en los 50.


De esta forma, pareciera incluso que las pláticas sobre la “gordura” constituyen un instrumento de socialización. El problema es que este tipo de pláticas, lejos de ayudar, tienen efectos muy negativos sobre las personas. Diferentes estudios han encontrado que la exposición seguida a este tipo de conversaciones y señalamientos aumenta la insatisfacción con el propio cuerpo, baja la autoestima, genera ansiedad, e incluso, puede desencadenar algunos episodios aislados de conductas alimentarias no sanas, como ayunos seguidos de atracones o dietas restrictivas insanas. Todos estos factores provocan una degradación de la imagen propia, e incluso, una distorsión en la percepción de la propia imagen. Algunos otros estudios han encontrado que aunque la persona no se pronuncie a favor ni en contra de este tipo de discursos, el hecho de encontrarse expuesta puede afectar la percepción y aceptación de la propia imagen que se tenga de sí misma.


Es muy común quejarnos de que el modelo de delgadez impuesto es irreal, y es un lugar común señalar a los medios, la moda y la televisión como promotores de cuerpos basados en un estándar que no para todos es alcanzable. Aunque directamente no podemos controlar qué es lo que se publica, se promueve y se entroniza como un ideal de perfección y belleza, nosotros sí podemos empezar por controlar cómo nos expresamos de nuestro cuerpo, del cuerpo de los demás y de lo que comemos.


Publicado originalmente en El Economista


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